Es así que, aunque muchos duden de la verosimilitud de mi palabras, o veracidad si prefieren, permanecí en esta pose, conocida como la grulla, por 4 días enteros sin relajarme o descansar (ni para tomar un Gancia o un taxi, por ej.). Y hubiera seguido en ella por mucho tiempo más, si no fuera porque tuve que abandonarla abruptamente y contra mi voluntad ante el ataque inesperado de una gaviota, rival histórico de la grulla, que intentó sorprenderme y picarme un ojo, en un rasgo irrefutable de bajeza avícola. Solté la posición y, ya sea por costumbre o por acto reflejo, le dí una tremenda patada al picotero atacante. Yo sabía concienzudamente que no era un combate parejo, pero no hubo más remedio debido a las circunstancias circundantes. El resultado fue el previsible. Ganó el palmípedo.
Pero yo no pienso bajar los brazos ante esta derrota, sino que esto me motiva y me hace mucho más fuerte. Estoy entrenando incansablemente todos los días para que nunca más un ave marítima pueda vencerme en mi orgullo. Ya van a ver lo que es bueno, matones picudos.
De cualquier manera, una sola idea sobrevuela mi cabeza: ¿cuando será el día en que gaviotas y grullas vuelvan a vivir en paz como si fueran parientes, aunque lejanos, y reine la armonía en nuestras playas, lagos y estanques?
Por mi parte no toleraré nunca más este tipo de abuso. Están avisados.




























